comics Jueves, 18 abril 2013

Superman y nosotros

«As you know, l’m quite keen on comic books.»
David Carradine, Kill Bill vol. 2

arte: Leinil Francis Yu (en Secret Origin)

arte: Leinil Francis Yu (en Secret Origin)

Hoy se cumplen 75 años de la creación de Superman y la tentación es ponerme súper racional al respecto y defender a Kal-El como la reedición contemporánea definitiva del mito del Elegido, que va desde Moisés, Jesús o el Rey Arturo hasta Gokú y Harry Potter (atención al sufijo «El«, el mismo de los arcángeles Miguel, Gabriel o Rafael). Pero podemos ir un poquito más allá.

En realidad, lo chévere de Superman es que, en esta versión del mito, el Elegido es un pata forzado a guardar la apariencia de mediocridad. Clark Kent es un tipo torpe, encorvado, inseguro. Pero ésa es, dice David Carradine, la mejor forma de pasar piola en medio de una humanidad torpe, encorvada e insegura. Kent es uno más de nosotros, la mediocre humanidad.

Y hay un segundo aspecto: el del pata que hace lo correcto. Porque sí. Porque puede. Porque puede más que los demás. Porque sus papás eran unos campesinos que lo criaron con valores elementales, básicos, sencillos, eso que provocan un inevitable pffff en estos tiempos tan urbanos, cínicos y desencantados.

«Luchar por la justicia» suena tan ingenuo que tenemos que creer o que es idiota o que responde a algún interés subalterno. Por supuesto, las mejores historias de Superman son las que lidian con las consecuencias de ejercer «la justicia» o «el bien» entendidos de la forma ingenua como los entiende el chico Kent (Kingdom Come, Red Son, el enfrentamiento con la Élite o la saga contra Cadmus en la versión animada de la JLU).

Por eso todavía es relevante Superman. Porque, como todo buen mito, Superman nos representa a todos. Todos queremos creer que debajo de esta humanidad mediocre, torpe, cobarde, se esconde una humanidad «elegida», distinta, poderosa. Capaz de usar todo su potencial –todos sus poderes– para hacer el bien, defender a los débiles, luchar por la justicia. Necesitábamos un Superman hace 75 años y lo necesitamos ahora. Aún. Lamentablemente. Ya llegará el momento en el que no lo necesitemos, en el que se acaben las torpezas, en el que saldremos volando, sin quemarnos, sin inmutarnos, sin dudarlo, hacia el sol.

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